De Munro a Retiro en 26 minutos


Un viejo dice que se quedó ciego de un ojo y que a sus 70 años ya “no puede ni jugar al truco”. Ofrece un señalador con frases de amor a cambio “de lo que cada uno pueda”. En el final de su viaje deja un consejo para jóvenes y adultos: “hay que seguir peleándola siempre, sin bajar los brazos”. Se baja en Padilla, cuenta las monedas y las guarda en el bolsillo derecho de su saco gris raído a la espera del próximo tren a Retiro.

El calor de la tarde ya invade la formación y una madre intercambia el asiento con su hija de 6 años para que el sol no le pegue justo en la cabeza de la niña. En los asientos de enfrente dos amigos miran por la ventanilla, señalan el Estadio Monumental y se ríen entre ellos. Uno dice que el domingo le vuelven a ganar a "las gallinas” y por “goleada”. El otro, asiente socarronamente.

Falta poco para llegar a destino y un nuevo vendedor ambulante recorre el vagón. Ofrece una billetera de “simil cuero, trabajado” acompañado por un porta documento ideal para la cartera de la dama y el bolsillo del caballero. Todo eso por la módica suma de 10 sólidos pesos argentinos. Una china que dormitaba le pide ver la mercadería. Pregunta si esos son los únicos colores que tiene, los mira de cerca y decide no llevarse la oferta.

La formación ingresa a la estación final y los pasajeros se acomodan a la espera de que se detenga para bajar. En el andén, docenas esperan para subir. En el hall principal, eternas colas para obtener la SUBE.

Foto: TonyU020

Que pase el que sigue

Masca chicle con fuerza. Con ganas, como si fuese la última vez en su vida que masca chicle. Suena el teléfono. El timbre retumba dos, tres, cuatro veces. Deja de pintarse las uñas y atiende. Le preguntan si esa es la oficina de Rentas y contesta que no. Del otro lado de la línea le inquieren si sabe cómo comunicarse con esa dependencia. Le dice que espere un momento. De fondo se escucha el sonido del chicle en proceso de mascado. Tras un par de minutos, le dice a qué teléfono tiene que llamar. Corta. Sigue mascando chicle y pintándose las uñas de un estridente color fucsia.

Fiesta de cumpleaños

Detrás de la reja verde inglés llamó a la cumpleañera con un alarido: "¿Vicky ya no me querés más que no me abrís?". Los tres que estaban en el pasillo mendigando un poco de aire fresco miraron hacia la entrada de la casa con sorpresa. Uno de ellos le avisó a la anfitriona que una nueva visita había llegado.

"¡Feliz cumpleaños, boluda! Hace mil que no te veo", dijo histriónicamente con otro grito al mejor estilo fan de los Beatles en los sesenta. "Bien, bien. ¿Y vos? Pasá, las chicas están en el fondo”, contestó la homenajeada.

La visita se sirvió un vaso de cerveza para matar los 33º nocturnos en Olivos Town y comenzó a charlar con Laura. A ella también le dijo que hacía mil que no la veía y le preguntó en qué andaba.

Laura le contó que estaba “a full con la tesis”, que estaba buscando un trabajo de medio tiempo para cubrirse “algunos gastos” y le elogió el reloj que llevaba en su muñeca derecha. "Está divino, viste. Son esas cosas que conseguís por 3 euros, pero que en otro lado las pagás 12 dólares", dijo sobre la adquisición del reloj con malla plástica color fucsia.

"¿Y cómo anda ese corazón, Lauri?", preguntó tapándose con la mano derecha la cara cual infante con vergüenza. "Solito, por ahora. A la espera de conocer gente", respondió y devolvió la pelota: "¿y vos?". "Ahí, viste. Yendo y viniendo", retrucó. Terminó de beber el vaso de cerveza y se explayó sobre el tema: "El otro día fui a una fiesta y un chaboncito me estuvo mirando toda la noche. Mucho histeriqueo visual, viste. En una de esas me acerco y resulta que no era del gremio. No sabés qué desperdicio, ¡estuve a punto de pedirle que se haga puto!”.